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México: Corresponsal Víctor Flores García lanza libro sobre mito de Hugo Chavez y otros caudillos de Latam – Tulio Hernández / EN – EnergiestNet

«La Utopía Pervertida (Castellanos Editores, 2024), de Víctor Flores García, es como una escultura en mármol que ha sido labrada a golpe de martillo y de cincel y luego pulida con mucho cuidado. Se presenta en la Libreria U-Tópicas – Coyoacán, 22 de Marzo, 2024; !9:30Hrs., Felipe Carrillo Puerto#60, CDMX

EnergiesNet

CARACAS
Energiesnet.com 15 03 2024

Nota del Editor: El prólogo de Tulio Hernández sobre la La utopía pervertida de Víctor Flores García nos ofrece una amplia ventana real sobre Chávez y su Chavismo Bolivariano. No he tenido la oportunidad de leer el libro, solo una cuantas paginas borradores en estos últimos años anunciándome como marchaba el mismo. Por el prólogo de Hernández creo que sinceramente que es un libro para analizary evaluar, ya que me costa que el autor ha estudiado al personaje muy concienzudamente. Conocí a Victor en los años inciales de Chavez en el poder, en la sala de prensa de Miraflores en plena faena laboral enfrente al dictador y nos hicimos amigos desde ese momento, es un tipazo como decimos los venezolanos y un crítico muy objetivo, tan objetivo que a veces dudaba sobre su posición ante la Revolución. Considero un acierto como dice el prologuista sobre lo que Víctor escribió en la página 13: “Después de su muerte (la de Chávez) tras quince años en el poder, el germen de la división sembrada en la era de su mando persistió y expandió sus consecuencias agravadas en el enfermo cuerpo social venezolano, sin visos de solución”. – Elio Ohep

Prólogo

De la utopía pervertida a la esperanza prudente

Tulio Hernández

No es exactamente un escrito periodístico, aunque está escrito por un periodista de largo oficio. Recorre con entusiasmo diversos pasajes de la historia venezolana, pero igual no es un libro de historia. Recurre a memorias personales del autor, mas no es un texto autobiográfico. Se sustenta en análisis políticos sólidos, especialmente de la geopolítica regional, incluso en reflexiones filosóficas, pero tampoco es un ensayo académico. Contiene profundas críticas al gobierno y el liderazgo de Hugo Chávez, pero nadie podría calificarle de libelo antichavista.

El lector debe preguntarse, ¿entonces, a qué género pertenece el libro de Víctor Flores que ahora estamos presentando, La utopía pervertida. El germen de la división de América Latina? Y, sin dudarlo mucho, respondo que es un híbrido. Un intento inteligente y osado de combinar estrategias narrativas diversas, memorias personales, investigación documental, coberturas periodísticas, crónicas de viajes, entrevistas y la escucha a variados puntos de vista, para intentar explicar a un personaje y un fenómeno político que a los propios venezolanos nos ha costado mucho comprender

No es nada fácil explicar el fenómeno político y social que ocurrió en Venezuela una vez que Hugo Chávez y el chavismo irrumpieron en la escena pública produciendo lo que ellos mismos denominaron, primero, “revolución bolivariana”, y años después, “socialismo del siglo XXI”. Y no es fácil hacerlo porque el proceso político que allí ocurrió, y sigue ocurriendo, es un coctel inédito. También sus consecuencias.

No fue una revolución comunista a la manera de la soviética, la china o la cubana. No hubo toma del Palacio de Invierno, ni economía centralizada, ni gobierno de los soviets. Tampoco ha sido una dictadura militar clásica latinoamericana. Intentaron un golpe de Estado, pero fallaron y terminaron gobernando por la vía electoral. Así que no hubo bombardeo al Palacio de la Moneda, ni toques de queda por largos meses o fusilamientos masivos, como el 11 de septiembre de 1973, en el estadio de Santiago de Chile.

No fue un proceso como el nazi-fascismo en Alemania, con millones de seres humanos eliminados en cámaras de gas. Pero tampoco fue, y sobre todo a partir de la llegada a la presidencia de Nicolás Maduro —un tirano confeso y convicto—, un modelo democrático que preserva la autonomía de poderes, la alternancia vía elecciones libres, y respeta los derechos humanos y las libertades democráticas.

Lo novedoso es que, sin embargo, lo que ocurrió en Venezuela con la entrada de Hugo Chávez, y lo que conocemos como “el chavismo al poder” tiene un poco de todos los fenómenos arriba descritos. Como un coctel deletéreo. De esos que apenas el líquido entra en el torrente sanguíneo, la ebriedad comienza a producir un desajuste acelerado de todos los sentidos.

¿La fórmula? Una pizca de fascismo con millares de personas uniformadas de rojo, reunidos en una grande y ancha avenida, levantando el puño, coreando algo análogo a “¡Heil Chávez!”. Una dosis de retórica igualitaria y antiimperialista, comunista, con fotos de Marx, el Che y Fidel, anunciando el fin del capitalismo y la llegada al “mar de la felicidad” (así lo llamó Hugo Chávez) del comunismo cubano.

Una dosis de militarismo bananero, a lo Somoza o a lo Trujillo, con desfiles militares frecuentes, un ejército convertido en guardia pretoriana, centenares de militares en oficios de gobierno ­—ministros, viceministros, presidentes de institutos— y los generales como nuevos Césares. Y aunque no se eliminó plenamente la propiedad privada, muchas onzas de estatismo, acoso a la economía de mercado, destrucción del aparato productivo, expropiación de industrias privadas e instauración de un sistema de control de cambio para que solo el gobierno pudiese manejar las divisas que entraban como torrentes amazónicos por la vía petrolera.

Añádansele unas gotas de camisas negras a lo Mussolini, que en Venezuela se llamaron, primero, “círculos bolivarianos” y, después, “colectivos”. Pero igual eran y son aparatos paramilitares para reprimir a los opositores.

Una carga elevada de populismo. Mares de populismo con reparto de dinero cash, regalos de electrodomésticos, viajes masivos a Cuba para operaciones de la vista y la aspiración a viviendas gratis y amobladas que unos cuantos lograron en el mejor momento de los más altos precios del petróleo. Todo esto protegido por un sistema de control represivo basado en el exilio, la prisión, la tortura y el asesinato de activistas políticos, claramente resumido en los informes de los organismos internacionales de defensa de los derechos humanos.

Y, eso sí, con una guinda suavizante: la invocación permanente a la democracia y la Constitución. Al menos mientras duró Chávez, el cuidado de mantener la máscara democrática y el simulacro electoral necesario para que en el concierto internacional el proceso tuviese un buen lejos y poco rechazo de los países no dictatoriales.

Para hacerlo gráfico, podríamos decir que Hugo Chávez andaba por el mundo mostrando, con una mano, la Constitución, y con la otra, ocultando en la espalda, un fusil Kaláshnikov.

Si tuviésemos que definir con precisión a la élite chavista, diríamos que es un grupo —mitad militares, mitad civiles— que presume de pensar como Marx, intenta vivir con el lujo de Rockefeller (o Trump), pero se mueve con la ética de Pablo Escobar (o del Chapo Guzmán

Por eso, por lo difícil que resulta exponer este coctel, valoramos inmensamente el esfuerzo de Víctor Flores García por tratar de entender y explicar, además con lenguaje preciso, ameno y fluido, el fenómeno político del que fue testigo y analista desde mucho antes de que el oficio periodístico lo llevara a vivir por unos años en Venezuela.

Es ese el valor de este libro, cuyo título no podía ser más preciso: la utopía pervertida. Porque de eso se trata este proceso, tan bien captado por su autor: de una historia que comenzó en promesa de justicia social —en festín de la esperanza— y concluyó en tragedia —en funeral de una nación—. La utopía era una propuesta de equidad y bienestar colectivo; la perversión, una operación que terminó convirtiendo a Venezuela en una de las naciones más pobres, desiguales y corruptas del planeta. El viaje comienza con una invitación a crear el reino de Dios en la Tierra, pero termina llevándonos a las catacumbas del infierno.

Y entonces, ¿cómo explicar esa deriva trágica sin ser maniqueísta ni simplista? Pues yo creo que uno de los mejores caminos es el que ha encontrado Víctor Flores: la mezcla de géneros, la reflexión collage, la confluencia de miradas diversas. Dedicarse, no a dar lecciones de certezas, sino a crear atmósferas en las que el lector mismo extrae sus conclusiones. Poner en escena muchas voces —no solo la suya— para explicar lo ocurrido y recordarnos que los procesos políticos no son una línea recta, sino que, como dice una canción popular colombiana, “el camino es culebrero”.

Lo que creo intenta explicarnos Flores es que, para acercarse a un fenómeno político tan particular, sui generis, atrabiliario —por la mañana Hugo Chávez predicaba la bondad de un cristiano primitivo y por la noche el odio de un fanático integrista— debemos transitar por los caminos de lo híbrido, para pensar en García Canclini, o de lo líquido, para recordar a Bauman.

Y ese es para nosotros el aporte de La utopía pervertida. No se trata de un relato lineal, sino de un texto poliédrico, multifocal, caleidoscópico y, de alguna manera, rayueliano, resultado de muchos años de observar, leer, participar, conocer y auscultar un proceso político complejo y, al final, hacer un gran esfuerzo de síntesis para comunicarlo sin sacrificar las vivencias personales ni permitir que la anécdota suplante la reflexión.

En el principio fue Hugo Chávez. Sin su presencia arrolladora, este proceso que puso patas arribas a Venezuela, a su economía, sus instituciones y su tejido social, no hubiese ocurrido tal y como sucedió. Un dragón en el Trópico, lo llamaron Michael Penfold y Javier Corrales en un libro publicado en 2012.

Y eso lo entiende muy bien Víctor Flores, quien sube el telón de este libro hablando del teniente coronel. Narrando, con la destreza de un buen novelista, las cuatro veces que le estrechó la mano para de esa manera introducirnos en el personaje a quien describe gráficamente con aquel gesto en el que iba “ofreciendo una mano recia que apretaba fuerte, acaso para enfatizar su rango militar”.

El relato de esos cuatro apretones, ocurridos en cuatro momentos y lugares distintos, marcan la lectura del libro porque demarcan las transformaciones sucesivas —también podríamos llamarlas mutaciones– del jefe militar, que son a la vez las transformaciones del proyecto. Etapas de la perversión de la utopía.

El primer Hugo Chávezal que Flores estrecha la mano es un hombre simpático, memorioso, delgado y gracioso que nada o poco tiene que ver con la imagen severa de los dictadores militares, de anteojos oscuros, capa prusiana y rostro impenetrable a lo César Augusto Pinochet.

Las apreciaciones del autor son precisas y paso a paso va documentando las transformaciones físicas e ideológicas del personaje que, a su vez, revelan los cambios profundos del proyecto. De aquel primer encuentro, en Ciudad de México, recuerda: “Destacaba su nariz afilada sobre unos labios bien delineados que untaba con crema de cacao a la vista de todos, quejándose de la resequedad del aire contaminado de la megalópolis”. Pero, y ese es su habilidad narrativa, de inmediato el autor anuncia una primera transformación: “Nada que ver con el hombre rechoncho de cuello grueso en que se convirtió a la vuelta de casi quince años en el poder”. No es una descripción meramente física, es una radiografía política.

Flores, por ejemplo, rescata con precisión la prudencia de Hugo Chávez, que se negó a opinar en el año 2000 sobre el arresto del dictador Pinochet en Londres. Pero de inmediato agrega la mutación: “Nada que ver con el guerrero pugnaz en que se convertiría a la vuelta de los años, con un poder absoluto, metido en cualquier disputa política internacional, invitado o no”.

Lo mismo ilustra sobre las relaciones con Vicente Fox. De cómo Chávez comienza celebrando y elogiando al presidente mexicano como un gran líder latinoamericano para, años después, terminar condenándolo sarcásticamente como vergonzoso “cachorro del Imperio”.

Es decir, Víctor Flores, con un lenguaje cuidadoso, va demostrando las dualidades y contradicciones de este personaje que alguna vez, en diciembre de 1998, llevó a Gabriel García Márquez, luego de volar junto a Hugo Chávez desde Cuba, a la conclusión de que había viajado con dos hombres distintos. Al final de la entrevista que publica bajo el título “El enigma de los dos Chávez”, el escritor colombiano se pregunta a sí mismo cuál de ambos sería el verdadero: “Uno, a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”.

Lo que viene luego de la introducción de los cuatro apretones de manos, es un largo y cinematográfico paseo por diversas etapas, momentos, incidentes, encuentros y desencuentros, que van desde el intento de golpe militar fallido que puso al teniente coronel en la escena pública, su ascenso a la presidencia de la República vía elecciones, su conversión en líder continental, hasta las circunstancias de su penosa enfermedad, su agonía en La Habana y su conversión post mortem, gracias a la propaganda oficial, en “comandante eterno”.

No estamos ante una cronología de hechos a la manera de una bitácora, año a año, mes a mes, que pretende hacer una historia exhaustiva de este proceso político. El camino elegido por el autor es seleccionar momentos o procesos que considera decisivos para entender los rasgos fundamentales del proceso y el líder, sus mitologías personales (incluyendo su afición por conversar con los espíritus de los próceres de la nación), sus relaciones —conflictivas unas, cómplices otras— con otros líderes y gobernantes de la región, y sus complejas y profundas relaciones con Castro y el comunismo cubano.

Flores, que conoce muy bien a Venezuela, obviamente sabe que en nuestro país confluyen algunas condiciones que hicieron posible la emergencia del chavismo. Una larga tradición militarista, primero. El entrenamiento colectivo en el culto cuasi religioso a un héroe fundacional, Simón Bolívar, en segundo lugar. La existencia de un Estado que –gracias a la riqueza petrolera– domina a la sociedad en su conjunto, y de una tradición histórica profundamente estatista, en tercer lugar. Y, por último, el surgimiento de un líder carismático, en el sentido definido por el sociólogo alemán Max Weber, que es algo diferente a un líder con carisma. Un liderazgo que logró una conexión mítica y mística con las masas que le seguían enamorados con la misma pasión que alguna vez generó Hitler en Alemania, Mussolini en Italia, o Juan Domingo y Evita Perón en Argentina.

Por eso, las cuatro secciones en las que está organizado el libro, y sobre todo sus títulos, más que un mero índice, son una especie de entramado explicativo que, a la manera de un rompecabezas que se va armando sin esfuerzo, permite al terminar la lectura, tener una visión bastante integral de lo ocurrido.

En “Las raíces de la utopía”, el capítulo 1, que no por casualidad comienza con la exhumación de Bolívar, el tema militar y el militarismo son un componente fundamental. En el capítulo 2, “La vida en Venezuela”, el autor trata de explicar, lo debo citar, a un país “donde coexisten sueños de silicona, cacao y ron, con las ilusiones en los rincones violentos, con el poder mediático de supersonalismo y el modelo del socialismo petrolero, hasta el fin de su invencibilidad”.

Y en el capítulo 3, “El mundo de Chávez”, indaga en el personaje, sus relaciones y sus influencias, y examina sus relaciones con Pepe Mujica, Lula da Silva, las FARC y el peronismo, entre otros, que muestran la compleja personalidad del “héroe” en toda su complejidad.

Mención aparte merece el capítulo 4, referido a la enfermedad y muerte de Hugo Chávez. No solamente por lo rocambolesca de una saga llena de ocultamientos y engaños, ni por el intenso melodrama en que se fue convirtiendo el suceso, sino porque fue el propio Víctor Flores, en uno de sus trabajos periodísticos, quien encendió la polémica en Venezuela gracias a una entrevista que le concediera el doctor Salvador Navarrete, antiguo médico del Palacio de Miraflores y uno de los primeros en alertar sobre la enfermedad del presidente. La persecución posterior contra Navarrete fue implacable.

Quisiera acotar dos elementos más. Este no es el libro de un “enviado especial” de una agencia de prensa que va por días, semanas, incluso meses, a empaparse de una situación precisa para hacer un trabajo de investigación especial, como debe ser, presionado por el tiempo.

Víctor Flores vivió muchos años en Venezuela y se integró a su vida cotidiana. No fue exactamente un extranjero de paso. Por lo tanto, estamos ante un conocedor de un país en donde fue testigo de excepción de los momentos decisivos de consolidación del “socialismo del siglo XXI” y de la entrada de Venezuela en lo que la ONU denomina “Crisis humanitaria compleja”.

Así lo demuestran el manejo extendido de bibliografía local y los serenos encuentros con intelectuales venezolanos que forman parte importante del libro. Un buen ejemplo es la entrevista con el reconocido historiador y prolífico escritor Manuel Caballero, quien anunció el carácter autoritario del futuro gobernante mucho antes de su entrada en el poder.

Otro elemento significativo es la mirada panorámica de un momento muy particular de la geopolítica internacional y sus protagonistas políticos. Por las páginas de La utopía… pasan como en una proyección multimedia nombres tan disímiles como Lech Walesa, Tony Blair, Bill Clinton, Fidel Castro, Barack Obama, Vicente Fox, Andrés Pastrana, Lula da Silva, Pepe Mujica. Además de Bolívar, leyendas de la historia de Venezuela, como Ezequiel Zamora, Simón Rodríguez, Francisco de Miranda. O figuras decisivas del chavismo como el general Baduel, primero salvador de Hugo Chávez cuando estuvo fuera de la presidencia por unos días, luego víctima llevado a la cárcel por órdenes del propio Chávez, donde murió acusado de “traición a la revolución”.

Coda

No me resulta extraño que Flores García haya escrito este libro que he definido como hibrido y polifónico, porque Víctor —y ahora hablo del amigo, no del escritor—, es el mismo producto de la mezcla, la migración y la hibridación. Para usar un lugar común, es un ciudadano del mundo. Por lo menos del mundo latinoamericano.

Nació en El Salvador, donde tuvo una pasantía juvenil por la guerrilla. Cursó estudios en Londres. Luego vivió largos años en México ejerciendo el periodismo. Hoy tiene también nacionalidad mexicana y vive en Puebla, desde donde trabaja para la agencia rusa Sputnik. Se casó con una brillante periodista experta en temas latinoamericanos, nacida en Alemania, Sandra Weiss, con quien tiene una hija mexicana que vive en Berlín. Vivió por poco más de tres años en Venezuela y todavía dice “pana”, “chamo”, “echarse palos” y otros términos absolutamente locales. Además, en territorio venezolano, Víctor y Sandra tuvieron un hijo que ahora es venezolano, mexicano y alemán.

En Caracas conocí a Víctor Flores compartiendo en la barra del Mesón de Andrés, una pequeña y excelente tasca española donde solían —y creo que aún es así— reunirse periodistas, poetas, músicos, cineastas y otras especies de la fauna intelectual y mediática caraqueña. Al final de una tarde, sin que nadie nos presentara, comenzamos a hablar, como se suele hacer en las barras de esta ciudad caribeña, y hasta el día de hoy no hemos dejado de hacerlo, aunque ahora en la distancia y con menos frecuencia.

Cuando tuve que salir huyendo de Venezuela por una “sugerencia” de cárcel que emitió públicamente en mi contra el espurio Nicolás Maduro, Víctor me invitó a su casa como refugio, en México. No me fui en ese momento, pero unos meses después acepté la invitación a pasar unos días en una apacible casa de Puebla, desde donde se contempla en todo su esplendor el volcán Popocatépetl lanzando con frecuencia breves suspiros de humo blanquecino.

Allí, en Puebla, conversamos largamente sobre el libro que estaba escribiendo y me mostró la vasta biblioteca que había reunido sobre temas asociados a Hugo Chávez, la dictadura de Maduro y el apocalipsis social venezolano. Por esas razones tener ahora el libro ya terminado en mis manos, haber escrito por su solicitud este prólogo, además de parte del combate político contra una tiranía, pervertida como toda tiranía, constituye para mí una celebración casi personal de un autor y un largo proceso de escritura del que de alguna manera he sido testigo de excepción.

Me queda en la memoria, como un dardo de tristeza, lo que Víctor escribió en la página 13:

“Después de su muerte (la de Chávez) tras quince años en el poder, el germen de la división sembrada en la era de su mando persistió y expandió sus consecuencias agravadas en el enfermo cuerpo social venezolano, sin visos de solución”.

Es cierto, hoy en día, luego de casi un cuarto de siglo de continuidad de un régimen sin alternancia democrática, no hay visos de solución. Pero trabajos esclarecedores como el de Víctor, aunado al activismo de varias generaciones de venezolanos y venezolanas que no descansan en su resistencia democrática, sin duda irán sumando esfuerzos hasta encontrar una resolución. Por eso titulé este prólogo “De la utopía pervertida a la esperanza prudente”.

¿Por qué prudente? Porque la salida no es fácil. Las tiranías caribeñas, y en general las latinoamericanas, una vez que se hacen del control represivo del país, suelen ser longevas. La más larga, las del régimen castrista en Cuba, ya arriba a los 64 años. La del dictador Rafael Leónidas Trujillo, cuyas perversiones personales fueron tan bien contadas en Lafiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, llegó a 30 años. La de Juan Vicente Gómez en Venezuela duró 27 años, entre 1908 y 1935. En el presente, el comandante Daniel Ortega ya ha gobernado más tiempo que Tachito Somoza el dictador al que derrocó el movimiento sandinista.

Y, “esperanza prudente” también, porque los totalitarismos, como bien lo explica TzvetanTodorov en La experiencia totalitaria, no nacen de una idea del mal. Nacen de lo que él mismo llama “la imposición del bien”. Yo líder, yo partido, yo logia militar decido cuál es el reino de la felicidad que “mi” pueblo necesita. Y se la impongo. No la debato, porque si la debatiera, sería una democracia. Pero, claro, siempre hay un grupo de “traidores a la patria” que se oponen a este proyecto del bien. Entonces, como no son adversarios, sino enemigos, es necesario eliminarlos, política, económica, moral e incluso físicamente si es necesario.

Detrás de todo totalitarismo, nos recuerda Todorov, está siempre el proyecto de crear una nueva sociedad, constituida por hombres nuevos, un proyecto de resolver todos los problemas de una vez por todas.

Por eso Víctor Flores, en un epílogo un tanto doloroso, que titula El rencor, termina citando al recién desaparecido Milan Kundera, a quien llama un pesimista, que es un optimista bien informado:

“Toda utopía comienza siendo un enorme paraíso que tiene como anexo un pequeño campo de concentración para rebeldes a tanta felicidad; con el tiempo, el paraíso mengua en bienaventurados y la prisión se abarrota de los descontentos, hasta que las magnitudes se invierten”.

Como no puedo dejar de ser sociólogo, quizás este sea el marco teórico de un libro que, cuando advierte que las magnitudes se invierten, termina amargamente recorriendo los autoritarismos de Cuba, El Salvador, Nicaragua, México y recordado que de Venezuela “solo falta decir que ocho millones de sus ciudadanos, es decir la tercera parte de su población, tuvo que abandonar su país, y cientos de miles están dispuestos a morir en una selva inhóspita del estrecho del Darién panameño”.    

Bogotá, 15 de julio de 2023

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Tulio Hernández sociólogo, escritor y profesor universitario venezolano, experto en temas de cultura, comunicación y opinión pública. Los puntos de vista expresados no necesariamente son los de EnergiesNet.com.

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energiesnet.com 21 02 2024

EnergiesNet.com 15 03 2024

FuenteMéxico: Corresponsal Víctor Flores García lanza libro sobre mito de Hugo Chavez y otros caudillos de Latam – Tulio Hernández / EN – EnergiestNet

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